Están as nubes chorando por un amor que morreu

Es 25 de julio y, como si Buenos Aires supiera que una parte suya hoy celebra su día, se puso sus galas de lluvia para estar a tono.

Mi papá, un hijo de Galicia, vino hace muchísimos años a este país. Por los motivos por los que emigran todos los que deben abandonar su lugar de origen. Sin embargo, y aunque creo que luego terminó regando cada pedacito que amó de este país con su alma, gran parte siempre se quedó en su Lugo, ahí cerquita del puente, donde vivió de niño.

Buenos Aires no sería Buenos Aires, para mí, si le faltara el contexto de galleguidad que él le dio porque, si algo sabía hacer, era recrear su tierra adonde fuera. Cuando vivíamos en Posadas (en Misiones), tenía su desayuno por las mañanas en el primero, en Le petit después con sus amigos gallegos. Y, como siempre que se cruzaba con uno, el castellano no afloraba, nunca. La única excepción en esos desayunos era cuando aparecía “Carajillo”, un madrileño que apareció en cierto momento por Posadas. Pero, entre los gallegos, seguían en su lengua, aunque “Carajillo” o yo fuéramos espectadores.

Pero estaba hablando de Buenos Aires. Si alguien me preguntara dónde encontraría más a mi papá si tuviera que visitarlo, no diría ni que en su tumba, ni en Lugo, ni en Posadas. No. En Avenida de Mayo. Esa es mi pequeña Galicia. Con cuanto gallego que se cruzaba, era oírlo en su lengua. Incluso, con un señor asturiano, que era de la zona de frontera. Si un gallego le respondía en castellano, él no cambiaba a esa lengua. Cuando se alejaba, puteaba y me decía “¿dónde cree que nació este?”.

En ese amor infinito por el gallego, llegó a ir a misa a la Santa Rosa de Lima porque hubo, cierta vez, un cura que las daba en su idioma. Eso fue antes de nacer yo, mucho antes. No tengo ningún recuerdo de él entrando a una iglesia. No porque fuera ateo. No. Solo sé que los domingos nos llevaba y dejaba en la puerta.

Ese amor también lo llevó a querer hacer un curso de gallego para alumnos que lo aprendían como segunda lengua. Lo recuerdo llegando a mi casa después de la primera clase, quejándose de que el profesor sabía menos que él. Ayer, hablando con mi hermana de esta historia, me dijo que lo repitió con ella años más tarde.

Sé que él quería que estudiara su idioma. Pero siempre me pareció el espacio intocable, por eso, terminé estudiando portugués. Para estar cerca, pero no en su espacio. Los vascos dicen “euskara gure territorio libre bakarra da” (el euskera es nuestro único territorio libre). Ciertamente, creo que el gallego era su espacio de libertad, donde él era realmente él. Me cuesta pensar que Galicia fuera su patria porque era bien nómade. Amaba su tierra intensamente, pero su lengua fue más su tierra que ningún otro lugar en el mundo.

Hablando con un amigo vasco, Ritxi, sobre que la gente grande hizo mucho esfuerzo por aprender a escribir en euskera desde los conocimientos del castellano que había aprendido en la escuela, me di cuenta de que a mi papá le tiene que haber sucedido lo mismo con el gallego, debe de haber aprendido solo, desde lo que sabía del castellano y de lo que leía.

Cuando iba a visitarlo, sacaba sus libros de Pondal, de Rosalía y de Curros. Siempre me explicaba las diferencias en la escritura de cada uno. Si uno le preguntaba cómo se decía una palabra, respondía con la variedad de cada región de Galicia. Antes de fallecer, me dijo que quería que sus libros de poesía fueran míos. También, me dio unas tazas que había comprado su mamá con gran esfuerzo cuando él era chico. Un juego de tazas. Algo que mal que mal hoy todo el mundo puede comprar. Esa fue la herencia que me quiso dejar, más allá del dinero.

El día que falleció, llovía mucho en Buenos Aires. Él falleció en Posadas, pero desató la lluvia acá. Ese día, sentí que Galicia entera fallecía con él. Así como Alberti nunca pudo entrar en Granada porque le faltaba el amigo que lo iba a conducir por esa tierra, creo que nunca entraré en Galicia porque no tendría sentido hacerlo sin mi papá. Ese día, lo primero que se me vino a la cabeza fue esa canción que dice “Están as nubes chorando / Por un amor que morréu, / Están as rúas molladas / De tanto como chovéu” (Castelao). Hoy, también llueve. Quizás las nubes estén llorando. Quizás, con ese pasaporte para el tango y la morriña que genera este clima, esté acá a mi lado de visita.

Autora: Mariana Grande Cobián

“Están as nubes chorando por un amor que morreu…”

“Adiós Nonino”, Astor Piazzola.

Nómadas

Siempre digo, aunque mi ya notoria edad me deje en evidencia, que aún no sé lo que quiero ser de mayor. Hubo un tiempo en que parte de mi naturaleza, la más curiosa y comunicativa, probó con el periodismo y fue en la redacción de un añorado periódico donde creí encontrar mi vocación verdadera: quería ser columnista de contraportada.

Si esa vocación no hubiese resultado escurridiza, el 18 de mayo habría podido compartir con mis lectores habituales, y también con los ocasionales, mi tristeza profunda ante la desaparición de esta vida terrenal de mi querido Franco Battiato. A falta de periódico donde volcar mi desolación, he venido a refugiarme en este blog de mi orfandad musical y mística.

Cuando abrí PAN E CARTAS quise mantenerlo a salvo de mi dispersión, que es como yo llamo, estoy empezando a creer que erróneamente, a mi interés por el mundo. Pretendí seguir las normas del marketing y establecer una línea editorial clara que no dejase lugar a dudas a mi público objetivo, si es que alguna vez llegaba a tenerlo. Aquí vengo a hablar de Galicia y de emigración. Así lo dije, y creí haber sido capaz de resumir mi alma en dos palabras.

Pero muere Battiato. Y no puedo parar de llorar. Quizás tenía razón el entrañable Benedetti al intuir que no lloramos sólo las pérdidas sino todo lo que llevamos guardado sin llorar. Entonces, la marcha del Maestro rompe, para mi propia sorpresa, los muros que yo misma había construido en este espacio que es fruto de mi esfuerzo y de mi voluntad y donde, a pesar de ello, no me había sentido, hasta ahora, con la libertad suficiente para expresarme. En una agotadora lucha entre la autocensura y la autenticidad, había ganado el silencio. Porque aunque había creído que podía sostenerme sobre mi identidad emigrante y mi origen galaico, lo cierto es que no puedo seguir ignorando el amor y la belleza que me alimentan y que, afortunadamente, no siempre provienen ni de mi genética ni de las experiencias de mis ancestros.

No sé si la familia Battiato tiene algún primo quinto en Oza dos Ríos, pero ¿acaso importa? Lo que sé es que él ha regresado al agua y que la mía está agrietando los muros que me contienen. Por esas grietas es por donde se están desbordando los recuerdos de mi pasión por el cantante siciliano que me llegan indisolublemente ligados a mi hermano, junto a quien he recorrido este camino de admiración, yo desde el instinto, él desde la intelectualidad.

Esta maravillosa aventura de disfrute y conocimiento comenzó en la adolescencia, cuando con nuestros escasos ahorros adquirimos los primeros discos que, en realidad, eran cintas de cassette y que hemos guardado hasta hoy como tesoros. Yo compré Ecos de danzas sufi, como corresponde a la niña descalza que aún soy y que siempre quiso ser bailarina. (Sí, esa es mi verdadera vocación y ninguna otra es capaz de sustituirla). Él compró Nómadas, una elección lógica para ese niño que a los 10 años recitaba capitales de países de los que yo desconocía hasta su existencia.

“Dentro de mí, chispas de fuego, y el agua que lo apagará…”

Continuó en nuestra juventud y madurez, cuando buscamos sumergirnos en la magia de sus conciertos, que eran un bálsamo para el espíritu, el alimento que necesitaba nuestra mente y un gozo para el cuerpo. De todos ellos, en el Teatro Albéniz, el Price o el último, en las Termas de Caracalla, salíamos en éxtasis, algo normal en mí, menos habitual en él. Decía un crítico musical, con cierta sorna, que los seguidores de Battiato parecíamos miembros de una secta por la forma en la que lo reverenciábamos. He de decir que, secta o no, me siento honrada de pertenecer a esa hermandad ajena a las fronteras que se emociona con su música, su poesía y su espiritualidad.

Franco Battiato ha sido, durante casi cuarenta años, como un hermano mayor a quien podía acudir a cada golpe en la ilusión o cada herida en la ingenuidad. En él encontraba serenidad, sensualidad y sabiduría, así como la protección necesaria para recobrar el valor:

Ti proteggerò dalle paure delle ipocondrie
Dai turbamenti che da oggi incontrerai per la tua via
Dalle ingiustizie e dagli inganni del tuo tempo
Dai fallimenti che per tua natura normalmente attirerai

La cura

Él impedía que la siempre amenazante oscuridad me arrastrase en su corriente mientras le proporcionaba argumentos a mi luz. Hoy más que nunca, en estos tiempos convulsos, sigo luchando para no perder ni pie ni cielo. Mi guía se ha ido, pero cuando me sienta perdida entre tanto ruido el asteroide 18556 que lleva su nombre me permitirá recordar que hay conexiones cósmicas que superan las corrientes gravitacionales.

Como en aquellos tiempos ya lejanos en que, de adolescentes y separados por el verano, mi bondadoso hermano me telefoneaba para decirme:

—Puedes escuchar todos mis cassettes.

—¿Incluso Nómadas?, le preguntaba.

—Sí, también Nómadas.

“El ave pasa y olvida…”

“…y así debe ser”

Fernando Pessoa (Alberto Caeiro)

Si nos fuese dado adoptar otras formas corpóreas, qué bonito sería transformarse en uno de los pájaros que pueblan la imaginación y la paleta de Mª Eugenia Rey Guimerans, artista y ciudadana global.
Sin taxonomías que nos atrapen ni raíces o ataduras que nos limiten, no obedeceríamos más leyes que las del aire ni a más señor que a su pincel.

Podríamos, entonces, desplegar nuestras alas de vivos colores y elevarnos sobre plazuelas, azoteas y regios palacios para, por el cielo anaranjado del amanecer, seguir el curso de los ríos mesetarios hasta alcanzar la orilla atlántica.

Atrás el laberinto, los vientos alisios nos guiarían hasta los territorios de calidez que Eugenia conoce tan bien y que habrá pintado en nuestra piel.

“Cerca de mis hermanas, / viajaré por mis Cosas”. (Ida Vitale)

No podremos, entonces, ni querremos, sustraernos al asombro ante la contemplación del mundo, que desplegará sus encantos ante nuestra atenta mirada.

Oh là là, comme c’est beau le monde!

Ni podremos evitar que nos sobresalten la incertidumbre o el temor al descubrir que el mismo Sol que nos ilumina nos abrasa o que el mismo mar que nos alimenta nos ahoga.

¿Dónde nace la belleza? ¿Y el dolor?

Sabido es, sin embargo, que a pesar de los pasos errados y de los escalofríos que nos producirán las sombras, el dulce sabor de la vida se impondrá en nuestra memoria. De este modo, cuando nos sintamos preparados para emprender la ruta migratoria de regreso, seremos capaces de confiar en las corrientes, que nos conducirán río arriba hasta el manantial original.

“Déjate llevar por el niño que fuiste” (José Saramago – Libro de los Consejos)

Y cuando las desgastadas pastillas de colores nos pinten transparentes seremos, ya sí, solo agua.

“Voy a ser aún más leve:
en leves acuarelas
últimas, que precisen
el paso de las formas
por la bruma que sea
un color suficiente.(…)”

Ida Vitale «Un pintor reflexiona»